Nadar y guardar la ropa

family-591579_1920Las generaciones actuales, cuyas parejas viven en plena compañía compartiendo sus cosas, sus ilusiones y sus vidas, retrasando o impidiendo la llegada de los hijos, no se ocultan de dar a entender con ello que participan en su ideario colectivo de lo que es la realidad de una familia, incluso así lo viven pese a que sepan que no es el modo originario, y son conscientes de estar participando en un fenómeno que ha transformado nuestra realidad social. No se complican la vida buscando las razones, quizás es el habitual dejarse llevar de lo que acontece a nuestro alrededor. Y decimos esto porque según algunos estudios y trabajos de campo de especialistas, el individuo moderno no quiere renunciar a la familia. Reconoce en ella el lugar donde se fraguan vínculos seguros y duraderos y reafirma que ahí se sostiene nuestra identidad a lo largo de la vida. Pero esta intuición –refrendada por la objetividad machacona de los lazos de sangre- se ve amenazada por la fragilidad con la que se nos presentan hoy “los vínculos que ya no dependen de la sangre, sino de la libertad”, ha escrito Ana Marta González, investigadora y profesora de Filosofía Moral. La frase entrecomillada, corazón de esta reflexión, nos va a servir mucho para presentarla a debate.

La razón de que en lugar del compromiso matrimonial haya prosperado lo que otro especialista llama “relación pura” da explicación de tal fragilidad cuando el propio lenguaje que se utiliza pretende arrinconar los antiguos esquemas. Aquí surge el impulso irresistible de la fuerza del amor, entendido como mero sentimiento, desvinculado del apoyo institucional. ¿Esta forma de relación, dejada a sí misma, basta para garantizar la comunidad solidaria, firme y estable, capaz de acompañarnos a lo largo de la vida? Se analiza por otros caminos el fenómeno de los “desesperados por relacionarse”, buscadores de lógica estabilidad y verdadera compañía. En principio eso es autonomía y seguridad; libertad y reconocimiento; y también es nadar y guardar la ropa. Estos son los polos que integran la destreza espontánea del amor. Y aquí advierte la profesora citada que “para hacer de aquella experiencia una fuente generadora de vínculos hemos de advertir el sentido de esa emoción y asegurarla con una vuelta de tuerca”. No hay pólizas de seguros que se atrevan con las fidelidades esponsales, ni siquiera con la confianza. Sólo el amor de verdad, duradero y comprometido, puede garantizar futuro y esperanza. Se mire como se mire la meta está en la familia.

Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *