Disculpe, cuánto lo siento, perdóneme

pen-1329258_1280Sólo nos falta comenzar una gacetilla, una información o un artículo con una retahíla de lugares comunes, muletillas o excusas que se nos escapan con absoluta facilidad a las personas que las hemos aprendido ahora, o nos vienen de largo debido a la educación recibida. Se atreve a hacerlo la periodista Beatriz Navazo en la revista semanal Mujer hoy, si bien con un enfoque excesivamente feminista (de esos de pasarse tres pueblos), olvidando que la educación de las disculpas, porfavores y perdones formó parte también de nuestra educación masculina en la escuela, en aquellos años (parece que ahora no, o no tanto) en los que deberías de tener un mínimo de urbanismo que hoy no se aprende igual, aunque observes que algunas personas, incluso chavalines (deben de ser reconvenciones familiares) lo practican en lugares públicos, al subir o bajar las aceras, al quedar libre un asiento en el autobús, etcétera. Como hemos anunciado, también se trata de muletillas, que son esas frases que salen solas sin que nadie las convoque, cuando nos damos de bruces con alguien y hay que exclamar algo; cuando pisamos al otro o nos pisan, cuando exigimos y luego nos arrepentimos. Por eso hemos escrito al principio, y ahora matizamos: “Disculpe, por favor, ha sido sin querer”, “¡Cuánto lo siento haberle causado esta molestia!”, “Perdóneme por mi torpeza”.

A esto lo llaman “síndrome de la disculpa permanente” o también, cómo no, “sorry syndrome”, palabras más que nada procedentes de los nuevos mundos del “Coaching”, o de la comunicación asertiva, que velan permanentemente por agraciarse una lingüística donde las repeticiones son signos de baja autoestima. Si de niños/as nos lo inculcaron para agradar a los demás, no vemos por qué ahora van a ser signos de bajeza o de sumisión. ¡Hombre!, si lo enfocamos todo como una carrera hacia el éxito por sí mismo, tomando como referencia despreciable las actuaciones masculinas, apañados iremos. Es verdad que en este campo se han dado unos pasos largos probablemente innecesarios, como la moda actualmente imperante de pedir disculpas antes de decir el fallo o la contrariedad, como por ejemplo “Corregidme si me equivoco…”, “No soy experto en el asunto pero opino que…”, o “Es posible que no lo haya entendido bien, yo pienso no obstante…”. “Perdona que me meta”, “Seguro que voy a decir una tontería”. Entendemos que, efectivamente, esto último, ya no tiene mucho que ver con aquel pasado; se trata de otro tipo de síntoma, que creemos más “kitsch” e infundado.

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