Continuidad de los parques

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MIENTRAS USTED se tomaba la última cerveza de sus vacaciones de agosto en el chiringuito al que suele ir, un terremoto asolaba varios pueblos de Italia y más cerca de usted, aquí mismo, una patera con personas desesperadas llegaba a tierra. Cuando recogía la sombrilla, por última vez este verano, un camión saltaba la mediana de la autovía, también muy cerca de usted, y aplastaba dos vehículos, causando varios muertos. De camino a su apartamento de alquiler, cargado con más de lo que puede resistir una mula, cuatro incendios iniciaban su acción devastadora en varios puntos de España.

Y ahora que está sentado tranquilamente en su casa, viendo todas las fotos repetidas que ha hecho en la playa, están enterrando a los muertos del terremoto, a las víctimas de la última bomba humana y alguien llora a un ser querido que no ha vuelto de vacaciones.

La lista de tragedias es larga, muy larga. Tan larga que se unen las semanas y los meses teñidos de muerte y dolor. Los golpes se suceden con la misma rapidez con la que se sacan las cerezas de un cesto, enganchadas una a la otra. Y así sucesivamente, sin que usted ni yo podamos hacer nada. ¿Alguien puede parar el carrusel? Parece ser que no, nadie responde. Su vida, la mía, la de todos está sujeta a una continuidad que en un momento determinado se rompe. Se para todo, para la víctima.

Por mucho que intentemos alejarnos de lo cotidiano siempre volvemos a las mismas calles, a los mismos parques (con permiso de Julio Cortázar). Hay una continuidad que sólo conseguimos romper cambiando de sitio, de hábitos. Pero en realidad lo único que hacemos es crearnos una nueva cotidianidad, una rutina distinta a la de once meses, y que se repite cada año, con un final anunciado, casi deseado. No crean que les critico por ello. No. Están en su derecho de romper y volver a empezar. Al menos pueden hacerlo, y ahora, si me leen, es que han vuelto sanos y salvos. Pero no se depriman en demasía si se ha acabado la rutina vacacional. Olvídenla y sáquenle todo el partido que puedan a esa continuidad que realmente controlan. Ese día a día en su pueblo o ciudad. Trabajando, paseando, bebiendo cañas con los amigos, sin pensar en un punto y final. Como este.

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