El ciudadano apático

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Una funcionaria española ha sido expulsada del Congo por traficar con visados. Se le considera la cabecilla de una red que robaba visados en blanco de la embajada española para venderlos en la República Democrática del Congo y en el Congo Brazaville. La noticia se dio a conocer el domingo, por lo tanto no pudo servir de inspiración para la serie La Embajada que está emitiendo actualmente Antena 3 y que refleja la corrupción de funcionarios españoles en la legación de Tailandia. España se queda pequeña para los corruptos, que han decidido ampliar el campo de operaciones a otros países del mundo, eso sí, con el paraguas protector de la bandera nacional.

Hemos llegado a un punto de la historia en la que la corrupción se desliza descaradamente campo a través, sin que moleste en demasía a los paisanos que, apáticos, exteriorizan sus quejas en domicilios, bares y lugares de trabajo, pero nunca en sede judicial, comisarías, cuarteles, medios de comunicación, calle, ni en las urnas. No hay una relación directa entre el explícito asombro ante un nuevo caso de estafa a los habitantes de un país y la que debiera ser reacción inmediata del ciudadano ante tal atropello. Se ha robado con la impunidad del poder y el pasotismo más degradante de los afectados. Deberíamos avergonzarnos de nuestro silencio ante la catarata de casos de corrupción que durante los últimos años han cubierto la piel de toro en tal infinidad de campos que resulta farragoso numerarlos.

Comenzando por los propios correligionarios de los partidos políticos a los que pertenecen los corruptos, los funcionarios que han visto y han callado, hasta los políticos de otros partidos que han tenido que oler y sospechar, y nosotros, sí, nosotros. Usted y yo hemos callado cuando hemos visto, oído y leído que un conseller, una alcaldesa, un presidente del gobierno autonómico, un cargo político que cobra un sueldo que le pagamos entre todos, ha tenido la osadía de estafar y morder la mano de los que le hemos contratado.

La indignación no es suficiente. Hay que ir mucho más allá y exigir responsabilidades completas. Los ladrones tienen que devolver lo robado. Me duele la apatía, también la mía. Aquí nadie sale a la calle. Nadie afea conductas. Nos conformamos con lo que se vocea. Todos somos cómplices de los corruptos si no les desenmascaramos a tiempo.

 

Publicado en elmundo.es el 10 de mayo de 2016

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