Narciso se hizo el primer selfi

A mi sobrina Lourdes, que conoce este tema.

selfieEl escritor Enrique Monasterio le ha escrito en septiembre 2015 una carta al personaje mitológico Narciso, el de la hermosura que llevaba de cabeza a todas las ninfas del lugar y hasta del enamoramiento propio que fue su perdición. Ahora le dice que su actitud también podría haber sido un primer selfi, ya que el fanatismo por sí mismo procedía de tanta contemplación de su “yo” en las aguas del estanque. Y como lo de este escritor es sacar estos temas para que los lectores reflexionemos, lo primero que deducimos libremente es que crecen los selfis por la abundancia de los narcisos, que nadie en este mundo puede calcular.

Ya se sabe que para la mayoría de los humanos la persona más querida, y más admirada, es uno mismo. La historia de Narciso puede tener visos de tragedia, ya que el muchacho estaba tan enamorado que se las ingenió para pasar todos los días por delante del estanque y observarse a sí mismo en las quietas aguas que le reflejaban, y se corría el riesgo de precipitarse cuando le entraban ganas de atraparse (de tanto desearse) y no se sabe si aquella historia acabó mal en cuanto llegó el invierno y la fuente era puro espejo solidificado, y sus aguas se habían convertido en afilados y asesinos cuchillos de hielo que, según versiones, le llevaron al otro mundo prendado de sí.

Querer estar en las propias fotos no es nada malo; en principio, se hacen ante fachadas o monumentos para recordar después viajes, aventuras, amistades, personajes famosos que aparecieron, etc. Este fenómeno no es nuevo. Podríamos hacer memoria del pintor Velázquez, empeñado en salir junto a la familia de Felipe IV y las Meninas. O Rembrandt, que se pintó a sí mismo doce veces al óleo. El selfi fotográfico no descubre nada nuevo respecto a las intenciones si lo llevamos al retorcimiento del narcisismo, que no tiene porqué ser ése su objetivo.

Nos resulta fácil, demasiado quizás, jugar con nuestro extremo narcisismo con los instrumentos de última hora. Y nos preguntamos, reflexionando, si no podríamos mirarnos también por dentro. Qué tal hacernos un selfi recorriendo las entretelas de los impulsos que nos mueven, de las rabietas que encogen el corazón, de los aprecios esperados y no recibidos que estrechan el curso de la sangre por las arterias, o los disgustillos en la parentela que ensanchan el estómago con gases extremos, a veces con el peligroso alcohol o las pastillas para olvidarlo todo. Y luego, llevar la foto al laboratorio para examinarnos a conciencia y ver cómo vamos.

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